¡Papá, mamá, no se metan en mi vida!

Recordaba una ocasión en que escuché a un joven gritarle a su Padre:

¡No te metas en mi vida!

Su padre entonces le dijo:

¡Un momento, no soy yo el que me meto en tu vida, tu te has metido en la mía!

Hace muchos años, gracias a Dios, y por el amor que mamá y yo nos tenemos, llegaste a nuestras vidas, ocupaste todo nuestro tiempo, aún antes de nacer.

Mamá se sentía mal, no podía comer, todo lo que comía lo devolvía, y tenía que guardar reposo.

Yo tuve que repartirme entre las tareas de mi trabajo y las de la casa para ayudarla.

Los últimos meses del embarazo, antes de que llegaras a casa, mamá no dormía y no me dejaba dormir.

Los gastos aumentaron increíblemente, tanto que gran parte de lo nuestro se gastaba en ti, en un buen médico que atendiera a mamá y la ayudara a llevar un embarazo saludable, en medicamentos, en la maternidad, en comprarte todo un guardarropa; mamá no veía algo de bebé que no lo quisiera para ti, una vestido , un moisés… todo lo que se pudiera, con tal de que tú estuvieras bien y tuvieras lo mejor posible.

¿Que no me meta en tu vida?

Llegó el día en que naciste: hay que comprar algo para darles de recuerdo a los que te vinieran a conocer (dijo Mamá), hay que adaptar un cuarto para el bebé.

Desde la primera noche no dormimos. Cada tres horas como si fueras una alarma de reloj nos despertabas para que te diéramos de comer. En ocasiones te sentías mal y llorabas y llorabas, sin que nosotros supiéramos que hacer, pues no sabíamos qué te sucedía y hasta llorábamos contigo.

¿Que no me meta en tu vida?

Empezaste a caminar; yo no sé cuando he tenido que estar más detrás de “ti”, si cuando empezaste a caminar o cuando creíste que ya sabías.
Ya no podía sentarme tranquilo a leer el periódico o a ver una película, o el partido de mi equipo favorito, porque para cuando acordaba, te perdías de mi vista y tenía que salir tras de ti para evitar que te lastimaras.

¿Que no me meta en tu vida?

Todavía recuerdo el primer día de clases, cuando tuve que llamar al trabajo y decir que no podría ir, ya que tú en la puerta del colegio no querías soltarme y entrar, llorabas y me pedías que no me fuera, tuve que entrar contigo a la escuela y pedirle a la maestra que me dejara estar a tu lado un rato ese día en el salón, para que fueras tomando confianza.

A las pocas semanas no sólo ya no me pedías que no me fuera, hasta te olvidabas de despedirte cuando bajabas del auto corriendo para encontrarte con tus amiguitos.

¿Que no me meta en tu vida?

Seguiste creciendo, ya no querías que te lleváramos a tus reuniones, nos pedías que una calle antes te dejáramos y que pasáramos por ti una calle después, por que ya eras “grande”, “independiente”…

No querías llegar temprano a casa, te molestabas si te marcábamos reglas, no podíamos hacer comentarios acerca de tus amigos sin que te volvieras contra nosotros, como si los conocieras a ellos de toda la vida y nosotros fuéramos unos perfectos “desconocidos” para ti.

¿Que no me meta en tu vida?

Cada vez sé menos de ti por ti mismo, sé mas por lo que oigo de los demás; ya casi no quieres hablar conmigo, dices que nada más te estoy regañando, y todo lo que yo hago está mal o es razón para que te burles de mí, pregunto: ¿con esos defectos te he podido dar lo que hasta ahora tienes?.

Mamá se la pasa en vela y no me deja dormir a mí diciéndome que no has llegado y que es de madrugada, que tu celular está desconectado, que ya son las 3:00 y no llegas; hasta que por fin podemos dormir cuando acabas de llegar.

¿Que no me meta en tu vida?

Ya casi no hablamos, no me cuentas tus cosas, te aburre hablar con “viejos” que no entienden el mundo de hoy. Ahora sólo me buscas cuando hay que pagar algo o necesitas dinero para la universidad, o para salir; o peor aún, te busco yo cuando tengo que llamarte la atención.

¿Que no me meta en tu vida?

Hijo, yo no me meto en tu vida, tu te has metido en la mía, y te aseguro que desde el primer día, hasta el día de hoy, no me he arrepentido de que te hayas metido en ella, y de que le hayas cambiado para siempre.

Mientras esté vivo, me meteré en tu vida, así como te metiste en la mía; para ayudarte, para formarte, para amarte y para hacer de ti un hombre o una mujer de bien.

Solo los padres que saben meterse en la vida de sus hijos logran hacer de éstos, hombres y mujeres de bien, que triunfen en la vida y sean capaces de amar.

A los papás que lo hacen: ¡Muchas gracias por meterse en la vida de sus hijos, o mejor dicho, por haber permitido que sus hijos se metan en sus vidas!

A los hijos de esos papás: ¡Valoren a sus padres, no son perfectos per los aman; y lo único que desean es que ustedes sean capaces de salir adelante en la vida y triunfar como hombres y mujeres de bien, hombres y mujeres felices.

La vida da muchas vueltas, y en menos de lo que ustedes se imaginen alguien les dirá… “¡Papá, Mamá, no te metas en mi vida!”

La paternidad no es un capricho o un accidente, es un don de Dios, que nace del Amor.

 
(autor desconocido)

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Los hijos… como los buques

Al mirar un buque en el puerto, imaginamos que está en su lugar más seguro, protegido por un fuerte amarre.

Sin embargo, sabemos que está allí preparándose, abasteciéndose y alistándose para zarpar, cumpliendo con el destino para el cual fue creado, yendo al encuentro de sus propias aventuras y riesgos.

Dejando su estela y dependiendo de lo que la fuerza de la naturaleza le reserve, tendrá que desviar la ruta, trazar otros rumbos y buscar otros puertos.

Pero retornará fortalecido por el conocimiento adquirido, enriquecido por las diferentes culturas recorridas.

Y habrá mucha gente esperando feliz en el puerto para celebrar sus millas navegadas.

Así son los hijos…

Tienen a sus padres, como puerto seguro, hasta que se tornan independientes.

Por más seguridad, protección y manutención que puedan sentir junto a sus padres, los hijos nacieron para surcar los mares de la vida, correr sus propios riesgos y vivir sus propias aventuras.

Cierto es que llevarán consigo los ejemplos adquiridos, los conocimientos obtenidos en el colegio, pero lo más importante estará en el interior de cada uno, en el timón de su corazón:

La capacidad de saber ser feliz.

Sabemos que no existe felicidad inmediata, que no es algo que se guarda en un escondite para ser dada o transmitida a alguien.

El lugar más seguro para el buque es el puerto.

Pero el buque no fue construido para permanecer allí.

Los padres piensan que serán el puerto seguro de los hijos, pero no pueden olvidarse que deben prepararlos para navegar mar adentro y encontrar su propio lugar, donde se sientan seguros, con la certeza que deberá ser, en otro tiempo, un puerto para otros seres (los nietos).

Nadie puede trazar la ruta de los hijos; lo que sí podemos hacer es tomar conciencia y procurar que lleven en su equipaje valores.

Valores como la humildad, la solidaridad; la honestidad; la disciplina; la gratitud y la generosidad.

Los hijos nacen de los padres, pero deben convertirse en ciudadanos del mundo.

Los padres pueden querer que haya siempre una sonrisa en los hijos, pero no pueden sonreír por ellos.

Pueden desear su felicidad, pero no pueden ser felices por ellos.

La felicidad consiste en tener un ideal para buscar; y la certeza de estar navegando en mareas abiertos, con rumbo y marcación hacia ese logro.

Los padres no deben seguir la travesía de los hijos, y los hijos nunca deben descansar en los logros que los padres alcanzaron.

Los hijos deben hacerse a la mar desde el puerto donde sus padres llegaron; y como los buques, partir en busca de sus propias conquistas y aventuras.

Para ello, requieren ser preparados para navegar en la vida, con la certeza de que: “Quien ama educa”.

¡Cuan difícil es soltar las amarras y dejar zarpar al buque…!

Sin embargo, el regalo de amor más grande que puede dar un padre es la autonomía.

¡Buen viento y buen mar hijos!

(autor desconocido)

Madres malas

Un día, cuando mis hijos estén crecidos lo suficiente para entender la lógica que motiva a los padres y a las madres, yo habré de decirles:

“Los amé lo suficiente como para haberles preguntado a dónde van, con quién van y a que hora regresarán.”

Los amé lo suficiente como para no haber quedado callado y hacerles saber, aunque no les gustara, que aquel nuevo amigo no era buena compañía.

Los amé lo suficiente para hacerles pagar las golosinas que tomaron del supermercado o las revistas que sacaron al kiosquero.

Los amé lo suficiente como para haber permanecido de pié, junto a ustedes, dos horas, mientras limpiaban su cuarto, cuando yo podía haberlo hecho en 15 minutos.

Los amé lo suficiente como para dejarles ver además del amor que sentía por ustedes, la decepción y también las lágrimas en mis ojos.

Los amé demasiado como para dejarlos asumir la responsabilidad de sus acciones, aún cuando las penalidades eran tan duras que partían el corazón.

Los amé demasiado, y ante todo los amé lo suficiente para decir no cuando sabía que podían odiarme por eso (y en algunos momentos sé que me odiaron). Estas eran las batallas más difíciles de todas. Estoy contenta, vencí, porque al final ustedes ganaron también… y cualquiera de estos días, cuando mis nietos hayan crecido lo suficiente para entender la lógica que motiva a los padres y madres, cuando les pregunten si sus padres eran malos, mis hijos dirán:

“Sí, nuestra madre era mala, era la más mala del mundo. Los chicos comían golosinas en el desayuno y nosotros teníamos que comer cereales, huevos y tostadas; los otros chicos a la hora del almuerzo podían comer papas fritas y gaseosas y nosotros debíamos comer carne, arroz, verduras y frutas.

Sí, nuestra madre era mala, quería saber quienes eran nuestros amigos y qué hacíamos nosotros con ellos. Insistía en que le dijéramos con quién íbamos a salir, aunque demorásemos apenas una hora…

Insistía para que le dijéramos solo la verdad y nada mas que la verdad y cuando fuimos adolescentes parecía leernos el pensamiento.

¡Nuestra vida sí que era pesada!

Ella no permitía que nuestros amigos nos tocaran bocina para salir, tenían que bajar, tocar la puerta y entrar para que los conocieran.

Cuando todos podían volver tarde a la noche, con 12 años, nosotros tuvimos que esperar hasta los 16… y aquella pesada se levantaba para saber si todo había estado bien (solo para saber que estábamos de vuelta).

Por culpa de nuestra madre nos perdimos inmensas experiencias en la adolescencia. Ninguno estuvo envuelto en problemas de drogas, robos, actos de vandalismo, violación de la propiedad, ni fuimos presos por ningún crimen.

¡Todo fue culpa de ella!

Ahora que somos adultos honestos y educados, estamos haciendo lo mejor para ser “padres malos”, como fue nuestra madre.

Yo creo que este es uno de los males de hoy:  no hay suficientes “madres malas”

Dr. Carlos Hecktheuer, médico psiquiatra

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La libreta de calificaciones

Era viernes, 19 hs., llegué puntual a la escuela de mi hijo.

- No olviden venir a la reunión, es importante -, fue lo que la maestra escribió en el cuaderno de mi hijo.

¡Pues qué cree la maestra!, ¿cree que podemos disponer de tiempo a la hora que ella diga?. Si supiera qué importante era la reunión que tenía a las 19 hs., de aquí dependía un buen negocio y… ¡Tuve que cancelarla!.

Ahí estábamos todos, papás y mamás. La maestra empezó puntual, agradeció nuestra presencia y empezó a hablar.

No recuerdo qué dijo, mi mente estaba pensando cómo resolver lo de ese negocio, probablemente podríamos comprar una nueva televisión con el dinero que recibiría.

¡Juan Rodríguez!… escuché a lo lejos.

- ¿No está el papá de Juan? – dijo la maestra.

Sí, si ¡aquí estoy!, contesté pasando a recibir la libreta de mi hijo.

Regresé a mi silla y me dispuse a verla.

¿Para esto vine?, ¿qué es esto?.

La libreta estaba llena de 6 y 6.

Guardé las calificaciones inmediatamente, escondiéndolas para que ninguna persona viera las feas calificaciones de mi hijo.

De regreso a casa aumentó mi enojo, a la vez que pensaba… ¡sie le doy todo!, ¡nada le falta!.

¡Ahora sí que me va a escuchar!…

Estacioné mi auto, entré a acasa y grité:

¡Vení para acá Juan!.

Juan estaba en su dormitorio y corrió a abrazarme.

- ¡Päpi!.

¡Qué papi ni que nada!, + lo retiré de mi y le grité hasta cansarme.

¡¡¡ Y volvé a tu cuarto!!! + Terminé.

Juan se fue llorando, su cara estaba roja y su boca temblaba.

Mi esposa no dijo nada, solo movió la cabeza negativamente y se fue…

Cuando me fui a acostar, ya más tranquilo, mi esposa me entregó otra vez la libreta de calificaciones de Juan y me dijo: Leela despacio y después tomá una decisión.

La libreta decía así:

LIBRETA DE CALIFICACIONES PARA EL PAPÁ

Tiempo que dedica a su hijo:

En conversar    5

En jugar   6

En ayudarlo a hacer la tarea   5

En salir de paseo en familia   6

En abrazarlo y besarlo   6

En ver la televisión con el    5

Él me había puesto 6 y 5 a mí.

Yo me hubiese calificado con menos de 5…

Me levanté y corrí a la habitación de mi hijo, lo abracé y lloré… quería regresar el tiempo atrás, pero era imposible…

Juan abrió sus ojos, aún estaban hinchados por las lágrimas, me sonrió, me abrazó y me dijo:

¡Te quiero papi!

Cerró sus ojos y se durmió.

Que duro es ver nuestros errores como padres desde esta perspectiva…

Démosle el valor a lo que realmente es de valor para nosotros… nuestra familia.

(autor desconocido)

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Mensajes para los padres

Como se acerca el “Día del Padre” en Argentina, aprovecho la oportunidad para recopilar algunos de los mensajes relacionados, que se han ido publicado a lo largo de estos años en Un Mensaje Para Ti.

Que los disfrutes.

UnMensajeParaTi.com.ar    @PabloGimenez

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Los misterios de ser padres…

Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti. 

Puedo enseñarte muchas cosas, pero no puedo obligarte a aprender.

Puedo dirigirte, pero no responsabilizarme por lo que haces.

Puedo instruirte en lo malo y lo bueno, pero no puedo decidir por ti.

Puedo darte amor, pero no puedo obligarte a aceptarlo.

Puedo enseñarte a compartir, pero no puedo forzarte a hacerlo.

Puedo hablarte del respeto, pero no te puedo exigir que seas respetuoso.

Puedo aconsejarte sobre las buenas amistades, pero no puedo escogértelas.

Puedo educarte acerca del sexo, pero no puedo mantenerte puro.

Puedo hablarte acerca de la vida, pero no puedo edificarte una reputación.

Puedo decirte que el alcohol es peligroso, pero no puedo decir NO por ti.

Puedo advertirte acerca de las drogas, pero no puedo evitar que las uses.

Puedo exhortarte a la necesidad de tener metas altas, pero no puedo alcanzarlas por ti.

Puedo enseñarte acerca de la bondad, pero no puedo obligarte a ser bondadoso. 

Puedo amonestarte en cuanto al pecado, pero no puedo hacerte una persona moral.

Puedo explicarte cómo vivir, pero no puedo darte vida eterna. 

Puedes estar seguro de que me he esforzado hasta el máximo por darte lo mejor de mi… porque ¡te AMO!

Pero lo que hagas de tu vida, dependerá de TÍ… aún cuando siempre esté junto a Ti, las decisiones las tomarás TU.

Solo le pido a Dios que te ilumine para que tomes las decisiones correctas.

La vida es el regalo que Dios nos hace. 

La forma en que vivas TU vida, es el regalo que te haces a TI y a Dios.

(autor desconocido)

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Diario de un padre

Era una mañana como cualquier otra.  Yo, como siempre, me hallaba de mal humor.  Te regañé porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa.  Furioso te levanté por el cabello y te empujé violentamente para que fueras a cambiarte de inmediato.
 
Camino a la escuela no hablaste.  Sentado en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mí tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal.  Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio y mojado.  Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos, que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte.  Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mí te indiqué que caminaras erguido.
 
Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa.  A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar.  Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.  Al poco rato mi ira comenzó a apagarse.  Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude.
 
¿Cómo podía un Padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?  Luego escuché unos golpecitos en la puerta.  “Adelante” dije adivinando que eras tú.  Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación.  Te miré con seriedad y pregunté: ¿Te vas a dormir?, ¿vienes a despedirte? No, contestaste.  Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente.  Te abracé y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito.  Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla.  Sentí que mi alma se quebrantaba. “Hasta mañana papito” me dijiste.
 
¿Qué es lo que estaba haciendo?  ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente?  Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.  Tú tenías unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y sobretodo; sabías demostrar amor.  ¿Por qué me costaba tanto trabajo?, ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui niño.  ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
 
Después de un rato entré a tu habitación y encendí una lámpara con cuidado.  Dormías profundamente.  Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé.  Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce.  No pude contener el sollozo y cerré los ojos.  Una de mis lágrimas cayó en tu piel.  No te inmutaste.  Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio.  Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.
 
Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida.
 
Si tú eres un Padre o una Madre que se altera con mucha facilidad y no tienes paciencia, pídesela a Dios;  Él te dará la sabiduría para corregir a tu hijo, y las palabras para no ofenderlo, ni dañarlo.
 

Carlos Cuauhtemoc Sánchez

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Un nudo en la sábana…

En una junta de padres de familia de cierta escuela, la Directora resaltaba el apoyo que los padres deben darle a los hijos.

También pedía que se hicieran presentes el máximo de tiempo posible.

Ella entendía que, aunque la mayoría de los padres de la comunidad fueran trabajadores, deberían encontrar un poco de tiempo para dedicar y entender a los niños.

Sin embargo, la directora se sorprendió cuando uno de los padres se levantó y explicó, en forma humilde, que él no tenía tiempo de hablar con su hijo durante la semana.

Cuando salía para trabajar era muy temprano y su hijo todavía estaba durmiendo.

Cuando regresaba del trabajo era muy tarde y el niño ya no estaba despierto.

Explicó, además, que tenía que trabajar de esa forma para proveer el sustento de la familia.

Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba mucho e intentaba redimirse yendo a besarlo todas las noches cuando llegaba a su casa y, para que su hijo supiera de su presencia, él hacía un nudo en la punta de la sábana.

Eso sucedía religiosamente todas las noches cuando iba a besarlo.

Cuando el hijo despertaba y veía el nudo, sabía, a través de él, que su papá había estado allí y lo había besado. El nudo era el medio de comunicación entre ellos.

La directora se emocionó con aquella singular historia y se sorprendió aún más cuando constató que el hijo de ese padre, era uno de los mejores alumnos de la escuela.

El hecho nos hace reflexionar sobre las muchas formas en que las personas pueden hacerse presentes y comunicarse con otros.

Aquél padre encontró su forma, que era simple pero eficiente. Y lo más importante es que su hijo percibía, a través del nudo afectivo, lo que su papá le estaba diciendo.

Algunas veces nos preocupamos tanto con la forma de decir las cosas que olvidamos lo principal que es la comunicación a través del sentimiento.

Simples detalles como un beso y un nudo en la punta de una sábana, significaban, para aquél hijo, muchísimo más que regalos o disculpas vacías.

Es válido que nos preocupemos por las personas pero es más importante que ellas lo sepan, que puedan sentirlo.

Para que exista la comunicación, es necesario que las personas “escuchen” el lenguaje de nuestro corazón, pues, en materia de afecto, los sentimientos siempre hablan más alto que las palabras.

Es por ese motivo que un beso, revestido del más puro afecto, cura el dolor de cabeza, el raspón en la rodilla, el miedo a la oscuridad.

Las personas tal vez no entiendan el significado de muchas palabras, pero saben registrar un gesto de amor. Aún y cuando el gesto sea solamente un nudo. Un nudo lleno de afecto y cariño.

Estos gestos de amor son tan significativos cuando no es posible la comunicación directamente entre familiares amigos y parejas, por que hay situaciones en la vida que no nos permite estar cerca de nuestros seres amados incluyendo a nuestros amigos.

Por esa razón establecer estos lazos o nudos como gestos de amor y como un indicador de que estas allí, de que piensas en esa persona, de que la amas, de que la recuerdas fortalecen aún más las relaciones.

Una llamada perdida, un texto de móvil a móvil sin tantas palabras sólo un “hola”, “te quiero”, “una frase con un buen deseo”, un mensaje en el msn, una postal, una rosa, un detalle en cualquier día del año…estos detalles y gestos que representan ese nudo en la sábana nos fortalecen, nos llenan de amor, de seguridad, de energías y de cualquier otro noble sentimiento a tal punto que levantaría a un enfermo de una cama.

El amor es el sentimiento más noble y más fuerte que posee el hombre, es una poderosa arma para conquistar el mundo.

Vive de tal manera que cuando tus hijos piensen en Justicia, Cariño, Amor e Integridad, piensen en tí.

(autor desconocido)

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Si Dios nos regala un hijo

Una de las peores secuelas de la culpabilidad que nos atormenta hoy a la mayoría de los padres es que se han revertido los términos de nuestras relaciones con los hijos.

Hasta donde recuerdo, los esfuerzos de mis papás estaban encaminados a lograr que los respetáramos, obedeciéramos sus órdenes, tuviéramos buenos modales y fuéramos estudiantes consagrados.

Es decir, su función no era complacernos sino educarnos. Agradarlos era asunto nuestro, no suyo.

Mientras que hasta hace sólo un par de generaciones los niños hacían lo posible por complacer a sus padres, hoy nosotros hacemos hasta lo imposible por complacer a los hijos…

Parece que los sentimientos de culpa nos hacen creer que, como siempre hay algo en que nos hemos equivocado, no somos merecedores del amor de nuestros hijos y por lo tanto tenemos que ganárnoslo.

Lo más grave de este fenómeno es que desde el momento en que son los hijos quienes nos otorgan su amor y nosotros quienes tenemos que merecérnoslo, son ellos quienes tienen el poder en la familia.

Es por eso que hoy los niños son los que mandan y los padres los que obedecemos, una situación sin precedentes en las generaciones anteriores.

Esta nueva posición de inferioridad paterna da lugar a ciertas actitudes inconcebibles de los padres hoy como, por ejemplo, el creciente interés por ser los mejores amigos de los hijos…

Lo peor es que el esfuerzo por ganar su amistad nos lleva a actuar como aliados de nuestros hijos, por lo que estamos prestos a defenderlos ante la autoridad, ante el colegio, ante los profesores, es decir, ante todo el que se atreva a contrariarlos.

Esto significa que, no sólo no les ponemos límites sino que nos oponemos a que otros lo hagan. Y lo que así se logra es que los hijos se conviertan en personas irreverentes e irresponsables, que van por la vida exigiendo derechos que no tienen y  privilegios que no se merecen, pero siempre sabiendo que sus papás los sacarán de cualquier problema.

El amor de los hijos no se compra, y menos a base de convertirnos en sus pares. El precio a pagar no puede ser colocarlos en el lugar que nos corresponde como padres porque los dejamos huérfanos.

Lo que nos hará merecedores de su afecto y admiración será la dedicación, que estemos al mando de sus vidas hasta que tengan la madurez para hacerlo por sí mismos.

Esto significa que nuestra función no es subyugar a los hijos como en el pasado, pero tampoco rendirnos a sus pies para que nos amen, sino liderar su travesía inicial para que puedan más adelante ser capitanes idóneos de sus propias vidas.

Ángela Marulanda

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