Archivos de la categoría ‘Influencia’

Vivir como las flores…

Martes, 23 febrero, 2010

Maestro, ¿qué debo hacer para no quedarme molesto…?

Algunas personas hablan demasiado, otras son ignorantes.

Algunas son indiferentes.

Siento odio por aquellas que son mentirosas y sufro con aquellas que calumnian.

- ¡Pues, vive como las flores!, advirtió el maestro.

- Y ¿cómo es vivir como las flores?, preguntó el discípulo.

- Pon atención a esas flores -continuó el maestro, señalando unos lirios que crecían en el jardín.

Ellas nacen en el estiércol, sin embargo son puras y perfumadas; extraen del abono maloliente todo aquello que les es útil y saludable, pero no permiten que lo agrio de la tierra manche la frescura de sus pétalos.

Es justo angustiarse con las propias culpas, pero no es sabio permitir que los vicios de los demás te incomoden.

Los defectos de ellos son de ellos y no tuyos; y si no son tuyos, no hay motivo para molestarse…

Ejercita pues, la virtud de rechazar todo el mal que viene desde afuera y perfuma la vida de los demás haciendo el bien.

Esto, es vivir como las flores.

(autor desconocido)

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El peor ejemplo…

Miércoles, 4 noviembre, 2009

El 22 de septiembre pasado publicaba en mi blog el mensaje “Dar ejemplo…”, con una cita atribuida a Albert Einstein que decía:

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir en los demás; es la única manera”

Esa cita me gustó porque coincide plenamente con mi manera de pensar respecto al tema del “dar el ejemplo”.

Creo que de la misma manera en que esa frase tiene un significado positivo;  asumiendo que al dar un buen ejemplo podemos influir positivamente en los demás para que de alguna manera se “copien” o nos ”sigan”;  también puede aplicarse su connotación negativa.

Podemos ver en variados ámbitos, como el laboral o el político (con demasiada frecuencia lamentablemente) que hay personas que tienen un discurso hacia afuera que muestra una “idealidad”, que es completamente opuesta al ejemplo que esas mismas personas dan en la realidad.

De esa forma, el mal ejemplo que dan en la práctica ese tipo de personas, es justamente la única manera en la que logran influir en los demás. Esto hace que el impactante discurso que viven proclamando permanentemente no sirva absolutamente para nada, y que pierda hasta la más mínima pizca de su aparente valor.

Para bien o para mal, el ejemplo que damos ( lo que hacemos… no lo que decimos ), sea bueno o sea malo, es la única manera en la que influimos en los demás.

Pablo A. Giménez

UnMensajeParaTi.com.ar @PabloGimenez

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Dar ejemplo…

Martes, 22 septiembre, 2009

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir en los demás; es la única manera”

Albert Einstein

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Tirar para arriba de los demás

Viernes, 9 marzo, 2007

Una palabra amable y conciliadora es fácil de decir, pero sin embargo, a veces nos cuesta llegar a pronunciarla.

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son mucho mejores. Pero hay quienes luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Estas palabras de Bertolt Brecht nos invitan a pensar en lo necesarias que resultan esas personas que todos conocemos y que parece que nunca se cansan, que siempre están ahí, que siempre tiran hacia arriba del ambiente en el que están, que son un catalizador de todo lo positivo de quienes le rodean.

Si nos paramos a pensar, hay bastantes personas que son así, que han hecho natural en sus vidas esa estabilidad emocional y esa madurez que les hace acostumbrarse a tirar hacia arriba de los demás, pasando ellos casi inadvertidos.

Sienten de vez en cuando, como todos, la tentación de dejar de hacer esa discreta y eficaz labor, se sienten a veces hartos de tener que escuchar, animar, mediar, conciliar…

Sin embargo, quienes logran hacer todo eso de modo natural, y pasan a considerar ese esfuerzo como algo ordinario, son las personas que consiguen crear y mantener un ambiente de trabajo, de optimismo, de buen entendimiento entre todos.

Son esos hombres o mujeres cuyo influjo muchas veces no se valora hasta el día en que faltan, y quizá entonces se ve que su papel era fundamental, que el clima positivo que había a su alrededor era fruto de que se habían acostumbrado a pensar en los demás, a no cansarse de ser paño de lágrimas de unos y otros, a decir con cariño y lealtad lo que se debía mejorar, a relajar la tensión que tantas veces se crea por simples nimiedades.

Me recuerda también aquella vieja película de Frank Capra titulada “Qué bello es vivir”, en la que el protagonista está desesperado y a punto de suicidarse, y un simpático ángel le hace ver lo valiosa que ha sido su vida y lo mucho que ha repercutido para el bien de muchísimas personas.

Para demostrárselo, le concede el privilegio de ver lo que hubiese sucedido en la vida de algunas de ellas si él no hubiera existido y por tanto no hubiera podido ayudarlas.

Gracias a eso, recupera la alegría de vivir y comprende todo lo que una existencia normal puede aportar en la vida de tantísima gente.

Todos podemos incorporar a nuestra vida esa actitud. Porque una palabra amable y conciliadora es fácil de decir, pero sin embargo, a veces nos cuesta llegar a pronunciarla.

Nos detiene el cansancio, nos distraen otras preocupaciones, nos frena un sentimiento de frialdad o de indiferencia egoísta.

Pasamos junto a personas a las que conocemos pero apenas las miramos a la cara y no reparamos en que sufren, y en que quizá sufren precisamente porque se sienten ignoradas o poco valoradas por nosotros.

Bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso, e inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía puede ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia castigada en ese momento por la tristeza y el desaliento.

Muchas veces lo que impide esa buena actitud es nuestra impaciencia ante los defectos ajenos. Quizá esas personas que tanto nos impacientan tienen objetivamente esos defectos que tanto nos enfadan, pero si centramos ahí demasiado nuestra atención eso generará en nosotros una ansiedad que no ayuda nada, ni a ellas ni a nosotros, y puede acabar en algo parecido a una obsesión.

Además, hay demasiadas veces en que esos defectos no son tales, sino diferentes y legítimos modos de ser.

Si somos demasiado quejosos, quizá debemos ganar en reciedumbre interior y esforzarnos más en ser como esas personas de las que hemos hablado.

Alfonso Aguiló Pastrana

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