Archivos de la categoría ‘Excusas’

La vaca

Martes, 25 agosto, 2009

Cuenta la leyenda que cierto Maestro marchaba por los caminos con su
aprendiz.

Un día, arriban a un pobre vivienda al lado del camino y se acercan a
pedir alimento.

Con buena voluntad, los humildes habitantes del lugar les ofrecen lo poco
que tenían.

Al verlos tan pobres, el Maestro les pregunta: “Cómo hacen para vivir ?”
y, el dueño de la casa le comenta: “Pues Usted verá, tenemos aquella
vaquita que nos da leche. Tomamos algo y con el resto hacemos queso que
vendemos en el pueblo y, con lo que obtenemos de la venta, compramos lo
que podemos. Somos pobres, pero gracias a la vaquita vamos viviendo”.

Luego de dormir un rato a un costado de la vivienda y siendo aún de noche, el Maestro despierta al aprendiz para seguir la marcha. A poco que se habían alejado de la vivienda, le dijo: “Regresa a la casa, toma la vaca y
arrójala por el acantilado”.

El muchacho se espantó, pero, fiel a su voto de obediencia, cumplió con
las órdenes del Maestro. Su sentimiento fue de horror y nunca pudo superar el trauma que esta cruel instrucción le causó en su espíritu.

Años después, este joven aprendiz ya adulto y habiendo abandonado al
Maestro, tuvo en suerte volver a pasar por el mismo camino. Su espíritu no
pudo menos que sobrecogerse al recordar la terrible acción que había
cometido y buscó la pobre casita para enterarse cuál había sido el destino
de la humilde familia.

Le costó encontrarla… dónde antes había estado la humilde vivienda ahora
había un bella casita, con un jardín cuidado, una huerta, flores y varios
animales de corral.

“Pobre gente” -pensó para sus adentros- “… con mi ciega obediencia, al
matar su vaquita les causé un daño irreparable y tuvieron que irse…”. Se
acercó y golpeó sus manos para llamar la atención de los moradores.

Un hombre mayor salió a recibirlo, su rostro denotaba felicidad y su ropa
era prolija y agradable… le resultó vagamente conocido.

“Señor” -preguntó- “me podría decir qué fue de la familia que vivía en
esta casa años atrás?”

“Pues… Usted verá… nosotros vivimos en esta casa desde siempre, nunca
ha pertenecido a otra familia”

Sorprendido el joven insistió: “Pero, aquí vivía una familia humilde a la
que tuve la suerte de conocer hace muchos años atrás, acaso son la misma
familia que conocí?, cómo hicieron para progresar tanto ?”

“Ohhh… no lo recuerdo… pero ya que pregunta no tengo inconveniente en contarle… nosotros vivíamos de una vaquita que nos daba la leche y con ella nos arreglábamos para subsistir. Cierto día, la vaquita murió
despeñada en el barranco y tuvimos que aguzar nuestro ingenio para
sobrevivir. Mis hijos empezaron una huerta y sus productos nos alimentaron y nos permitieron abastecer el mercado local, yo aprendí las artes de la alfarería y me convertí en un afamado artesano, hoy vienen desde lejos a comprar mis piezas, mi esposa retomó sus trabajos de costura y sus prendas también son requeridas a kilómetros a la redonda Prosperamos y las penurias de la pobreza acabaron para nosotros…

¿Cree Ud. que si esta familia aún tuviese su vaca, estaría hoy donde se
encuentra?

Muchos de nosotros también tenemos vacas en nuestra vida. Ideas, excusas y justificaciones que nos mantienen atados a la mediocridad, dándonos un falso sentido de estar bien cuando frente a nosotros se encuentra un mundo de oportunidades por descubrir. Oportunidades que sólo podremos apreciar una vez que hayamos “matado” nuestras “vacas”.

(autor desconocido)

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Excusas, excusas…

Lunes, 18 diciembre, 2006

Cuando nos sentimos habitualmente deprimidos, impotentes o inútiles, es como si un gran letargo se apoderara de nosotros. Nos sumergimos en un mar de desesperación. Y es mejor quedarse tranquilo que intentar salir adelante.
Las excusas son la razón fundamental de la inacción, son como cuchillos que utilizamos para pinchar los salvavidas que nos tiran los demás, las máscaras con las cuales nos ocultamos, las muletas sobre las que nos apoyamos.

Confiamos en las excusas para evitar los riesgos, para explicar el fracaso, para resistirnos a los cambios, para proteger nuestro amor propio. La excusa es una forma de decir: “No es culpa mía”.

Es curioso, pero la inteligencia no es una defensa contra las excusas. Mis pacientes más brillantes no utilizan necesariamente sus altos coeficientes intelectuales para comprender y resolver sus malos hábitos emocionales. Sólo tienen más imaginación para buscar excusas que les sirvan para seguir con la antigua conducta.

Es cierto que no es fácil abandonar las cómodas coartadas. Cuando temes salir de la cama por la mañana, intentarás miles de razones por las cuales no puedes presentarte a esa entrevista de trabajo o comenzar a buscar un nuevo departamento. La inercia te mantiene en un mar de apatía. La fuerza de la gravedad emocional te obliga a permanecer allí.

Superar la inercia significa ir directamente en contra de tus sentimientos.
Significa que si te sentís rechazado, debes permanecer allí y arriesgarte a que te rechacen de nuevo. Si eres tímido, debes fingir ser más atrevido de lo que eres. Si te sientes impotente, necesitas actuar como si pudieras controlar tu vida. Todo esto es muy difícil.

Sin embargo, si podemos salvar el primer obstáculo y despertar de nuestro letargo, podemos invertir la gravedad emocional. Podemos hacer que funcione a nuestro favor y no en contra. Si nos obligamos, por muy deprimidos que estemos, a ir a una fiesta, es probable que en algún momento nos sorprendamos charlando animadamente y nos olvidemos de nuestra depresión. La sociabilidad desplaza a la tristeza. La mente no puede contener las dos actitudes a la vez, por lo menos no con la misma intensidad. Si nos obligamos a hacer un curso de navegación, o comenzamos a estudiar italiano para hacer un viaje el año próximo, o empezamos a pintar esa horrible cocina marrón, por lo menos durante algunas horas no tendremos tiempo para acordarnos de nuestra negatividad.

Comprometernos, involucrarnos, obligarnos: son los mejores remedios para combatir la parálisis emocional. La naturaleza nos creó para ser criaturas curiosas, inquietas, creativas. El estado de inercia no es el normal. Las excusas nos mantienen inertes. El truco para dejar de poner excusas consiste simplemente en dejar de ponerlas. En establecer un límite.

Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones: las excusas son las piedras que cubren el pavimento.

Las excusan nos detienen, no nos dejan avanzar. Sin darnos cuenta empezamos a justificarnos, y de excusa en excusa estamos detenidos en la misma estación todo el tiempo. Y por las ventanillas la vida sigue. En cada estación existen momentos nuevos, diferentes, llenos de magia como así también otros que tal vez no nos gustan pero que forman parte de la vida. ¿Y nosotros?

Estamos en el tren de la vida, en el último vagón, no tenemos boleto y es por eso que el viaje no es tan lindo, ¿no vale la pena no?. Viajamos acostados y claro no tiene asientos ese vagón. Estamos encerrados, no se ve nada… y claro no tiene ventanillas y de pronto de excusa en excusa sentimos la sirena del tren que se marcha y ese vagón queda perdido en la vía y ahí en esa oscuridad estamos nosotros… de excusa en excusa seguimos detenidos en un lugar que es siempre el mismo.

…Y si decidimos dejar las excusas de lado y abandonamos ese vagón y corremos aunque nos duelan las piernas hasta la próxima estación, y sacamos el boleto, y nos subimos a ese tren, y nos sentamos cerca de la ventanilla, y giramos la cabeza y vemos que hay un mundo afuera que está esperando que nosotros formemos parte de él…

Vamos… escucho la sirena… en la próxima estación leé el cartel que te da la bienvenida… y detené tu mirada en aquel vagón que dejaste atrás. En él quedaron encerrados miles de momentos que ya no volverán: decile adiós porque algún día vas a comprender que de excusa en excusa se te va la vida.

Lic. Romina Halbwirth

“Espacios”,
http://ar.geocities.com/hromina2

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