Capicúa

Capicúa“, un cortometraje de Roger Villarroya; ganador del gran premio del jurado a la mejor película en la VIII edición del Jameson Notodofilmfest.

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Las manos del abuelo

Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera…

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en el banco del patio, no se movía: solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos.

Cuando me senté a su lado no se dió por enterado, y entre mas tiempo pasaba, me pregunté si realmente estaba bien.

Finalmente, no queriendo estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté como se sentía.

Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Estoy bien, gracias por preguntar”, dijo con una fuerte y clara voz.

“No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

El abuelo me preguntó: “¿Te has mirado alguna vez tus manos?; quiero decir, ¿realmente te has mirado tus manos?”

Solté mis manos de las de mi abuelo, las abrí y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo.

No, creo que realmente nunca las había observado.

El abuelo sonrió y me contó esta historia:

“Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido a través de los años.

Estas manos, aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.

Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo.

Cuando niño, mi madre me enseñó a juntarlas en oración.

Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas.

Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas.

Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi hijo recién nacido.

Adornadas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien muy especial.

Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa, y cuando caminé hacia el altar con mi hija en su boda.

Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello, lavado y limpiado el resto de mi cuerpo.

Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen uniendo para orar.

Estas manos son la marca de dónde he estado y de la rudeza de mi vida.

Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las suyas cuando me lleve a Su presencia”.

Desde entonces, nunca he podido ver mis manos de la misma manera…

Y aún recuerdo cuando Dios estiró las Suyas y tomó las de mi abuelo y lo llevó ante Su presencia.

Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi abuelo… es cierto que nuestras manos son una bendición.

Hoy me pregunto… ¿qué estoy haciendo con mis manos?

¿Las estaré usando para abrazar y expresar cariño o las estaré esgrimiendo para expresar ira y rechazo hacia los demás?.

(autor desconocido)

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Nuestros viejos… nuestros padres…

Padres héroes y madres heroínas del hogar.

Pasamos buena parte de nuestra existencia cultivando estos estereotipos.

Hasta que un dia el padre heroe comienza a pensar todo el tiempo, protesta bajito y habla de cosas que no tienen ni pie ni cabeza.

La heroína del hogar comienza a tener dificultades para terminar las frases, y empieza a enojarse con la empleada.

¿Qué hicieron papá y mamá para envejecer de un momento a otro?

Envejecieron…

Nuestros padres envejecieron.

Nadie nos había preparado para esto.

Un bello día ellos pierden la compostura, se vuelven mas vulnerables y adquieren unas manías bobas.

Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo: ahora llegó el momento de ellos, de ser cuidados y mimados por nosotros.

Tienen muchos kilómetros andados y saben todo, y lo que no saben lo inventan.

No hacen mas planes a largo plazo, ahora se dedican a pequeñas aventuras, como comer a escondidas todo lo que el médico les prohibió.

Tienen manchas en la piel.

De repente están tristes.

Mas no están caducos: caducos están los hijos, que rechazan aceptar el ciclo de la vida.

Es complicado aceptar que nuestros héroes y heroínas ya no están con el control de la situación.

Están frágiles y un poco olvidadizos, tienen este derecho, pero seguimos exigiendo de ellos la energía de una usina.

No admitimos sus flaquezas, sus tristezas.

Nos sentimos irritados y algunos llegamos a gritarles si se equivocan con el celular u otro aparato electrónico; y encima no tenemos paciencia para oír por milésima vez la misma historia, que cuentan como si terminaran de haberla vivido.

En vez de aceptar con serenidad el hecho de que adoptan un ritmo mas lento con el pasar de los años, simplemente nos irritamos por haber traicionado nuestra confianza, la confianza de que serían indestructibles como los superhéroes.

Provocamos discusiones inútiles y nos enojamos con nuestra insistencia para que todo siga como siempre fue.

Nuestra intolerancia solo puede ser miedo.

Miedo de perderles, y miedo de perdernos, miedo de dejar también de ser lúcidos y joviales.

Con nuestros enojos, solo provocamos mas tristeza a aquellos que un día solo procuraron darnos alegrías.

¿Por qué no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros?

¿Cuántas veces estos héroes y heroínas estuvieron noches enteras junto a nosotros, medicando, cuidando y bajando fiebres?

Y nos enojamos cuando ellos se olvidan de tomar sus remedios, y al pelear con ellos los dejamos llorando, tal cual criaturas que fuimos un día.

El tiempo nos enseña a sacar provecho de cada etapa de la vida, pero es difícil aceptar las etapas de los otros…

Mas cuando los otros fueron nuestros pilares, aquellos para los cuales siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos, y que ahora están dando señales de que un día irán a partir sin nosotros.

Hagamos hoy por ellos lo mejor, lo máximo que podamos, para que mañana cuando ellos ya no estén mas, podamos recordarlos con cariño, recordar sus sonrisas de alegría y no las lágrimas de tristeza que ellos hayan derramado por causa nuestra.

Al final, nuestros héroes de ayer… serán nuestros héroes eternamente.

Cuando los padres envejecen…

Querido hijo… querido nieto…

El día que me veas mayor y ya no sea yo, ten paciencia e intenta enterderme.

Cuando, comiendo, me ensucie; cuando no pueda vestirme: ten paciencia, recuerda las horas que pasé enseñándotelo.

Si cuando hablo contigo, repito las mismas cosas mil y una veces, no me interrumpas y escúchame.

Cuando eras pequeño, a la hora de dormir, te tuve que explicar mil y una veces el mismo cuento hasta que te entraba el sueño.

No me avergüences cuando no quiera ducharme, ni me riñas; recuerda cuando tenía que perseguirte y las mil excusas que inventaba para que quisieras bañarte.

Cuando veas mi ignorancia sobre las nuevas tecnologías, te pido que me des el tiempo necesario y no me mires con tu sonrisa burlona.

Te enseñé a hacer tantas cosas… comer bien, vestirte… y como afrontar la vida; muchas cosas son producto del esfuerzo y la perseverancia de los dos.

Cuando en algún momento pierda la memoria o el hilo de nuestra conversación, dame el tiempo necesario para recordar; y si no puedo hacerlo, no te pongas nervioso, seguramente lo más importante no era mi conversación y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas.

Si alguna vez no quiero comer, no me obligues; conozco bien cuando lo necesito y cuando no.

Cuando mis piernas cansadas no me dejen caminar, dame tu mano amiga de la misma manera en que yo lo hice cuando tu diste tus primeros pasos.

Y cuando algún día te diga que ya no quiero vivir, que quiero morir, no te enfades; algún día entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor, ni con el mío.

Intenta entender que a mi edad ya no se vive, sino que se sobrevive.

Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti y que intenté preparar el camino que tu debías hacer.

No debes sentirte triste, enfadado o impotente por verme de esta manera.

Debes estar a mi lado; intenta comprenderme y ayúdame como yo lo hice cuando tú empezaste a vivir.

Ahora te toca a ti acompañarme en mi duro caminar.

Ayúdame a acabar mi camino, con amor y paciencia.

Yo te pagaré con una sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido.

Te quiero hijo.

Tu padre, tu madre, tus abuelos…