Archivar como 30 diciembre 2008

Ayudar a los demás…

Martes, 30 diciembre, 2008
“Usted puede llevar al caballo hasta el río, pero no puede beber por él”.

Samuel Wolpin
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Enséñame… para cuando me faltes

Domingo, 28 diciembre, 2008

Enséñame a comer en otras manos,
a no escribir poemas con tu huella,
a apagar toda luz que tú encendiste,
a separar el ruido de tu nombre
de las cosas soñadas, de las cosas queridas.

Has un tiempo para hablarme del olvido,
del dolor de la pérdida,
de la música que no escuchamos,
la flor sin aroma…
y de cómo sería una madrugada sin tu piel.

Enséñame el camino desandado,
el reloj que nunca se detuvo,
las lágrimas que no entendiste,
los días que se fueron,
el significado de lo prohibido
y el arte de escapar de tu sonrisa.

Créame, si existe,
un paraíso que no choque con el tuyo,
una vida cuya esencia no es tu vida,
una intensidad sin tu mirada,
otro sol, otra salida y otra boca.

Aléjame de todos los rincones
(porque todos me conducen a tu ausencia),
de las palabras dormidas que nunca se dijeron,
de las promesas que hicimos a escondidas.

Aléjame del mañana si no es contigo
y del ayer porque un ayer me despreciaste,
del ansias que reflejo en cada instante
y del triste placer de compararte.

Jenniley Bonilla (Cuba, 1976 – 2000)


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Algo de música… “Como ha pasado el tiempo”

Viernes, 26 diciembre, 2008

Como ha pasado el tiempo“, por José Luis Perales.

Como ha pasado el tiempo,
parece que fue ayer cuando jugaban
a hacer castillos en la arena
y una cabaña en aquel árbol del jardín,
chapoteando el agua
de los charcos formados por la lluvia,
pasando el tiempo sin prisas.

Como ha pasado el tiempo,
parece que fue ayer cuando lloraban
en su primer día de escuela
y en su primer castigo sin televisión.
Como ha volado el tiempo
de su primer paseo en bicicleta
por esas calles desiertas.

Un día como alegres golondrinas
se irán volando por cualquier ventana
a descubrir del río la otra orilla
y a conocer del mundo la otra cara.
Dirán adiós a la inocencia
cuando amanezca su mañana.

Como ha pasado el tiempo,
parece que fue ayer cuando jugaban
a hacer volar esas cometas
por ese cielo azul con nubes de algodón,
librando mil batallas
con la nieve cuajada del invierno
llenando el aire de fiesta.

Un día le dirán adiós a todo
y llenarán de sueños su equipaje.
Tendrán su libertad para vivirla
y toda una aventura por delante.

Un día como alegres golondrinas
se irán volando por cualquier ventana
a descubrir del río la otra orilla
y a conocer del mundo la otra cara.
Dirán adiós a la inocencia
cuando amanezca su mañana.

Como ha pasado el tiempo.


(Mas música en Un Mensaje Para Ti…)

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Si Dios nos regala un hijo

Jueves, 25 diciembre, 2008

Una de las peores secuelas de la culpabilidad que nos atormenta hoy a la mayoría de los padres es que se han revertido los términos de nuestras relaciones con los hijos.

Hasta donde recuerdo, los esfuerzos de mis papás estaban encaminados a lograr que los respetáramos, obedeciéramos sus órdenes, tuviéramos buenos modales y fuéramos estudiantes consagrados.

Es decir, su función no era complacernos sino educarnos. Agradarlos era asunto nuestro, no suyo.

Mientras que hasta hace sólo un par de generaciones los niños hacían lo posible por complacer a sus padres, hoy nosotros hacemos hasta lo imposible por complacer a los hijos…

Parece que los sentimientos de culpa nos hacen creer que, como siempre hay algo en que nos hemos equivocado, no somos merecedores del amor de nuestros hijos y por lo tanto tenemos que ganárnoslo.

Lo más grave de este fenómeno es que desde el momento en que son los hijos quienes nos otorgan su amor y nosotros quienes tenemos que merecérnoslo, son ellos quienes tienen el poder en la familia.

Es por eso que hoy los niños son los que mandan y los padres los que obedecemos, una situación sin precedentes en las generaciones anteriores.

Esta nueva posición de inferioridad paterna da lugar a ciertas actitudes inconcebibles de los padres hoy como, por ejemplo, el creciente interés por ser los mejores amigos de los hijos…

Lo peor es que el esfuerzo por ganar su amistad nos lleva a actuar como aliados de nuestros hijos, por lo que estamos prestos a defenderlos ante la autoridad, ante el colegio, ante los profesores, es decir, ante todo el que se atreva a contrariarlos.

Esto significa que, no sólo no les ponemos límites sino que nos oponemos a que otros lo hagan. Y lo que así se logra es que los hijos se conviertan en personas irreverentes e irresponsables, que van por la vida exigiendo derechos que no tienen y  privilegios que no se merecen, pero siempre sabiendo que sus papás los sacarán de cualquier problema.

El amor de los hijos no se compra, y menos a base de convertirnos en sus pares. El precio a pagar no puede ser colocarlos en el lugar que nos corresponde como padres porque los dejamos huérfanos.

Lo que nos hará merecedores de su afecto y admiración será la dedicación, que estemos al mando de sus vidas hasta que tengan la madurez para hacerlo por sí mismos.

Esto significa que nuestra función no es subyugar a los hijos como en el pasado, pero tampoco rendirnos a sus pies para que nos amen, sino liderar su travesía inicial para que puedan más adelante ser capitanes idóneos de sus propias vidas.

Ángela Marulanda

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Nuestras relaciones nos definen

Martes, 23 diciembre, 2008

Con el paso de los años, solo seriamos más viejos sino fuera por dos cosas: los libros que leemos y la gente  con la que nos relacionamos.

Esto es lo que le da forma y esencia a nuestra vida.
 
Las personas que elegimos para compartir nuestro tiempo, casarnos o asociarnos, son una muestra de lo que pensamos de nosotros mismos, de nuestros valores y del lugar que ocupamos en el mundo.

Hay varios tipos de relaciones: algunas nos nutren, nos  confortan y suplen nuestras carencias.

Otras nos divierten, nos inspiran, nos retan y nos hacen crecer.
 
Otras quizá, nos hacen daño al sabotear nuestro crecimiento o minar nuestro autoestima.
 
Por supuesto, estas últimas,  tendríamos que cortarlas por lo sano.
 
Sin embargo, en cualquier relación puede rondar una que otra amenaza que impide que los lazos se profundicen y fortalezcan.

Una de las amenazas la representa muy bien el cuento de aquel señor que, después de haber sembrado su jardín con árboles frutales y bellas flores junto al rio, se sentaba orgulloso en su terraza para disfrutar de su obra.
 
De pronto, ve que un niño seguido por un perro pisa sus flores al perseguir una pelota.

Enojado, decide construir una pequeña barda para evitar el paso.
 
Satisfecho, terminada la barda, se sienta para disfrutar de su hermoso jardín, ahora sí sin peligro.

Al rato, ve que un venado asoma la cabeza para morder, sus verdes setos.
 
Enfurecido, decide elevar mas la barda para impedirlo.
 
Cuando se disponía a sentarse una vez más, observa como se detiene una parvada de pájaros para comer de sus manzanas.

Furioso, decide techar el jardín para que nada ni nadie lo maltrate.
 
Cuando saca su silla y ve aquel cuarto oscuro sin vida, sin los niños, sin el sonido del agua, sin la vista de los pájaros y de los animales, se da cuenta de su soledad y decide tirar todo para que, una vez más, otros lo visiten y disfruten el jardín.
 
Esta es una amenaza que ronda cualquier relación: el egoísmo que nos impide compartir libremente lo mejor que tenemos y exigir que el otro sea, piense y actúe como nosotros queremos.

Lo irónico es que una vez que logramos tener relaciones valiosas, con frecuencia las descuidamos.
 
Como dice Milan Kundera: ” La velocidad crea el Olvido”.
 
El tiempo pasa tan rápido que la ilusión nos hace pensar que estamos cerca de alguien con quien hace mucho no nos hemos comunicado, ni siquiera por escrito.
 
Les puedo garantizar algo, esa relación no se ha fortalecido.

La ausencia no fortalece una relación, la debilita.
 
O peor aún, tenemos relaciones en las cuales estamos presentes, pero en realidad, estamos tan ausentes y distantes.
 
Olvidamos con facilidad que la calidad de nuestra existencia humana se cimienta en nuestras relaciones.
 
O, ¿acaso podemos ser felices solos?

(autor desconocido)

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¡Esto es el fin!

Martes, 9 diciembre, 2008

Cuando el pequeño se está gestando en el seno de su madre no es consciente de todo lo que vive. Pero vive. Y quizá en su futura vida recordará mucho más de lo que nos imaginamos.

Son nueve meses en los que hora a hora y día a día siente como adquiere una plenitud. Sus órganos se diferencian, su sensibilidad se afina, los grandes sistemas de su organismo comienzan a cumplir sus propias funciones. Aunque no lo sepa y no se lo pueda expresar a sí mismo, y menos aún a los demás, sin embargo se da cuenta de que algo se acerca. La plenitud siempre estalla en una nueva manera de existir. No hay plenitud que cristalice permaneciendo estática. Eso nunca sucede con la vida. Y todo ser vivo guarda en su memoria ancestral la existencia de los pasos a esas nuevas etapas, mucho más plenas.

Pero el dolor y la angustia también están presentes. Allí donde la vida comienza un nuevo ciclo, se hace necesario que el anterior muera, termine, se rompa para dar salida a lo que recién comienza. Y esto no se hace de una manera tranquila y lúcida. Se abandona lo conocido, se ingresa en lo misterioso. Se abandona la experiencia y se arriesga la esperanza.

Terminados sus nueve meses de gestación, la criatura presiente que algo va a suceder. Las contracciones se lo anuncian. Todo entra en la extraña situación de ruptura y pasaje. Finalmente sobreviene el parto para la madre que da a luz. Pero para el hijito la experiencia es muy diferente. Siente que se lo expulsa, obligándolo a abandonar lo familiar, lo conocido, lo seguro. Del resto no sabe nada. Si pudiera expresarlo en palabras quizá se diría angustiado a sí mismo: – ¡Esto es el fin!

Sus padres, y todos aquellos que aguardan su  venida saben muy bien que esto no es el fin absoluto. Es simplemente la conclusión de una etapa, y el comienzo de la verdadera vida. Es cierto que en el seno materno no se tenía frío, ni hambre, ni había clases sociales. Pero en este pasaje no se cae al vacío. Hay a su llegada un par de brazos paternos y senos maternos que lo aguardan para recibirlo.

Esta segunda etapa será inmensamente mejor. Ni el ojo vio, ni el oído oyó en el seno materno, lo que le estaba preparando para cuando sus padres pudieran expresarle plenamente su amor en un cara a cara. Allá fueron nueve meses. Ahora podrían ser noventa años. Antes fue solo el tiempo de crecer recibiendo. Comienza ahora el tiempo del compartir creciendo juntos al dar y al recibir. Etapa del ver, del sentir, del amar, del comunicarse y dar la vida para que otros vivan.

A los que estamos en esta segunda parte, cada día la vida nos anuncia que avanzamos hacia la angustia de un nuevo pasaje. Para los que gemimos en el seno materno de esta tierra, nos resulta incomprensible y no imaginable lo que habrá más allá. Igual como nos sucedió cuando se acercaba nuestro propio alumbramiento. Cuando se acerque nuestra segunda ruptura, puede ser que revivamos la vieja experiencia que celebramos en cada cumpleaños pero de la que recordamos sólo la alegría de nuestros padres. Ellos fueron quienes nos enseñaron a festejarla. Pero nosotros si fuéramos sinceros, tendríamos que saber que aquello nos hizo exclamar, igual como lo hará ahora: – ¡Esto es el fin!

Los que esperan nuestra llegada, sonreirán sabiendo que sólo se trata de un comienzo doloroso y festivo. Nos esperan dos brazos de padre, para decirnos:

- ¡Vengan, benditos, al Reino que les está esperando!

Ellos desde ya nos enseñan a festejar el acontecimiento, cuando recordamos su propio pasaje desde este rancho de barro hacia la morada eterna en los cielos.

La vida no se nos quita, somos invitados a vivirla en una nueva etapa.

Mamerto Menapace

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Hace un año… Noviembre de 2007

Viernes, 5 diciembre, 2008

Hace un año encontrábamos en Un Mensaje Para Ti, los siguientes mensajes:

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Tócame

Martes, 2 diciembre, 2008

Si soy tu bebé, por favor, TÓCAME.
Necesito de tu caricia de una manera que tal vez nunca sepas.
Tu cariño transmite seguridad y amor.

Si soy tu niño, por favor, TÓCAME.
Aunque yo me resista.
Insiste, por que estoy demostrando un modo de atender mis necesidades.

Si soy tu adolescente, por favor, TÓCAME.
No pienses que por estar crecido, no necesito de tus abrazos cariñosos, de una voz tierna.
Cuando la vida se hace difícil, el niño que hay en mí te vuelve a necesitar.

Si soy tu amigo, por favor, TÓCAME
Nada como un abrazo afectuoso para saber que yo te importo.
Un gesto de cariño cuando estoy deprimido me garantiza que soy querido, y me reafirma que no estoy solo.
Tu gesto de consuelo tal vez sea lo único que yo consiga.

Si soy tu pareja, por favor, TÓCAME.
Tal vez pienses que tu pasión basta, pero son tus brazos los que detienen mis temores.
Necesito de tu toque tierno, para recordar que soy amado apenas porque yo soy yo.

Si soy tu hijo adulto, por favor, TÓCAME.
Aunque tenga mi propia familia para abrazar,
todavía necesito tus brazos cuando me lastimo.

Si soy tu padre, ya mayor, por favor, TÓCAME.
Hazlo del mismo modo que me tocaban cuando yo era pequeño.
Y da calor a mi cuerpo cansado con tu proximidad.
Mi piel, ahora marcada, necesita ser acariciada.

No tengas miedo, en cuanto puedas…

¡TÓCAME!

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