Archivar como 18 diciembre 2006

Excusas, excusas…

Lunes, 18 diciembre, 2006

Cuando nos sentimos habitualmente deprimidos, impotentes o inútiles, es como si un gran letargo se apoderara de nosotros. Nos sumergimos en un mar de desesperación. Y es mejor quedarse tranquilo que intentar salir adelante.
Las excusas son la razón fundamental de la inacción, son como cuchillos que utilizamos para pinchar los salvavidas que nos tiran los demás, las máscaras con las cuales nos ocultamos, las muletas sobre las que nos apoyamos.

Confiamos en las excusas para evitar los riesgos, para explicar el fracaso, para resistirnos a los cambios, para proteger nuestro amor propio. La excusa es una forma de decir: “No es culpa mía”.

Es curioso, pero la inteligencia no es una defensa contra las excusas. Mis pacientes más brillantes no utilizan necesariamente sus altos coeficientes intelectuales para comprender y resolver sus malos hábitos emocionales. Sólo tienen más imaginación para buscar excusas que les sirvan para seguir con la antigua conducta.

Es cierto que no es fácil abandonar las cómodas coartadas. Cuando temes salir de la cama por la mañana, intentarás miles de razones por las cuales no puedes presentarte a esa entrevista de trabajo o comenzar a buscar un nuevo departamento. La inercia te mantiene en un mar de apatía. La fuerza de la gravedad emocional te obliga a permanecer allí.

Superar la inercia significa ir directamente en contra de tus sentimientos.
Significa que si te sentís rechazado, debes permanecer allí y arriesgarte a que te rechacen de nuevo. Si eres tímido, debes fingir ser más atrevido de lo que eres. Si te sientes impotente, necesitas actuar como si pudieras controlar tu vida. Todo esto es muy difícil.

Sin embargo, si podemos salvar el primer obstáculo y despertar de nuestro letargo, podemos invertir la gravedad emocional. Podemos hacer que funcione a nuestro favor y no en contra. Si nos obligamos, por muy deprimidos que estemos, a ir a una fiesta, es probable que en algún momento nos sorprendamos charlando animadamente y nos olvidemos de nuestra depresión. La sociabilidad desplaza a la tristeza. La mente no puede contener las dos actitudes a la vez, por lo menos no con la misma intensidad. Si nos obligamos a hacer un curso de navegación, o comenzamos a estudiar italiano para hacer un viaje el año próximo, o empezamos a pintar esa horrible cocina marrón, por lo menos durante algunas horas no tendremos tiempo para acordarnos de nuestra negatividad.

Comprometernos, involucrarnos, obligarnos: son los mejores remedios para combatir la parálisis emocional. La naturaleza nos creó para ser criaturas curiosas, inquietas, creativas. El estado de inercia no es el normal. Las excusas nos mantienen inertes. El truco para dejar de poner excusas consiste simplemente en dejar de ponerlas. En establecer un límite.

Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones: las excusas son las piedras que cubren el pavimento.

Las excusan nos detienen, no nos dejan avanzar. Sin darnos cuenta empezamos a justificarnos, y de excusa en excusa estamos detenidos en la misma estación todo el tiempo. Y por las ventanillas la vida sigue. En cada estación existen momentos nuevos, diferentes, llenos de magia como así también otros que tal vez no nos gustan pero que forman parte de la vida. ¿Y nosotros?

Estamos en el tren de la vida, en el último vagón, no tenemos boleto y es por eso que el viaje no es tan lindo, ¿no vale la pena no?. Viajamos acostados y claro no tiene asientos ese vagón. Estamos encerrados, no se ve nada… y claro no tiene ventanillas y de pronto de excusa en excusa sentimos la sirena del tren que se marcha y ese vagón queda perdido en la vía y ahí en esa oscuridad estamos nosotros… de excusa en excusa seguimos detenidos en un lugar que es siempre el mismo.

…Y si decidimos dejar las excusas de lado y abandonamos ese vagón y corremos aunque nos duelan las piernas hasta la próxima estación, y sacamos el boleto, y nos subimos a ese tren, y nos sentamos cerca de la ventanilla, y giramos la cabeza y vemos que hay un mundo afuera que está esperando que nosotros formemos parte de él…

Vamos… escucho la sirena… en la próxima estación leé el cartel que te da la bienvenida… y detené tu mirada en aquel vagón que dejaste atrás. En él quedaron encerrados miles de momentos que ya no volverán: decile adiós porque algún día vas a comprender que de excusa en excusa se te va la vida.

Lic. Romina Halbwirth

“Espacios”, http://ar.geocities.com/hromina2

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No es No

Lunes, 18 diciembre, 2006

“No” es “No”,
y hay una forma de decirlo:
No.

Sin admiración,
ni interrogantes,
ni puntos suspensivos.

“No”
se dice de una sola manera.
Es corto, rápido,
monocorde,
sobrio y escueto.

No.
Se dice de una sola vez.

No.
Con la misma entonación.

No.
Como un disco rayado.

No.
Un “No” que necesita
de una larga caminata o
una reflexión en el jardín,
no es “No”.

Un “No” que necesita
justificaciones y explicaciones,
no es “No”.

“No”
tiene la brevedad de un segundo.

Es un “No” para el otro,
porque ya lo fue para uno mismo.

“No” no deja puertas abiertas,
ni entrampa con esperanzas,
ni puede dejar de ser “No”,
aunque el otro y el mundo
se pongan de cabeza.

“No” es el último acto de dignidad.

“No” es el fin de un libro sin más
capítulos ni segundas partes.

“No”
no se dice por carta,
ni se dice con silencios,
ni en voz baja,
ni gritando,
ni con la cabeza gacha,
ni mirando hacia otro lado,
ni con símbolos devueltos,
ni con pena y mucho menos
con satisfacción.

“No” es “No” porque no.

Cuando el “No” es “No”,
se puede mirar a los ojos, y el “No”
se descolgará naturalmente de
los labios.

La voz del “No” no es trémula,
ni vacilante,
ni agresiva, y no deja
duda alguna.

Ese “No” no es
una negación del pasado:
es una corrección al futuro.
 

Y solo quien sabe decir “No”
puede decir “Si”.

 

Hugo Filkenstein

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Las cosas perdidas

Viernes, 15 diciembre, 2006

Un día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que ese era el último día de su vida.

Me aproximé y le dije:

- ¡Buen día, abuelo!

Y él extendió su silencio. Me senté junto a su sillón y luego de un misterioso instante, exclamó:

_ ¡Hoy es día de inventario, hijo!_ ¿Inventario? – pregunté sorprendido.

_ Sí. ¡El inventario de las cosas perdidas! – me contestó con cierta energía y no sé si con tristeza o alegría. Y prosiguió:

_ En el lugar de donde yo vengo, las montañas quiebran el cielo como monstruosas presencias constantes. Siempre tuve deseos de escalar la más alta. Nunca lo hice, no tuve tiempo ni la voluntad suficiente para sobreponerme a mi inercia existencial.

Recuerdo también a Mara, aquella chica que amé en silencio por cuatro años; hasta que un día se marchó del pueblo, sin yo saberlo.

_ ¿Sabes algo? – continua el abuelo- También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero mis padres no pudieron pagarme los estudios. Además, el trabajo en la carpintería de mi padre no me permitía viajar.

¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!

Luego, su mirada se hundió aún más en el vacío y se humedecieron sus ojos. Y continuó:

_ En los treinta años que estuve casado con Rita, creo que sólo cuatro o cinco veces le dije “te amo”. _ Luego de un breve silencio, regresó de su viaje mental y mirándome a los ojos me dijo:

_ “Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo, como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo”._

Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo y casi divertido: _ ¿Sabes qué he descubierto en estos días?_

¿Qué, abuelo? -Aguardó unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente:

_ ¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?_

La pregunta me volvió a sorprender y sólo atiné a decir, con inseguridad:

- No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearles el mal ¿Tener malos pensamientos, tal vez?
Movió su cara de lado a lado, como reacción a mi respuesta errada. Me miró intensamente, como remarcando el momento y en tono grave y firme me señaló:

- El pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas._

Al día siguiente, regresé temprano a mi casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas…

No perdamos más tiempo… no inventariemos cosas perdidas…

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Las llaves del automóvil

Martes, 12 diciembre, 2006

Reflexiones sobre el adolescente, los padres y las llaves del automóvil 

” A cambio de las llaves del coche, te pedimos hijo, unos minutos de atención “

Esperamos que no sea tu imprudencia, la que aumente los riesgos del camino.-

Esperamos que tu conducta evidencie que comprendiste que es una obligación en la actualidad, no sólo vivir sino convivir.-

Esperamos que no necesites nunca lágrimas de arrepentimiento, porque nunca han sido suficientes para lavar la sangre de los accidentes.-

Esperamos que nadie te odie porque dañaste a alguien a quien amaba tanto como nosotros te amamos a tí.-

Esperamos que no provoques en otros lo que nosotros sentiríamos si alguien te dañara.-

Esperamos que no sientas pudor por ser cortés y que acates las advertencias saludables.-

Esperamos que no olvides que en nuestra familia lo que le pasa a uno, nos ocurre a todos y que todas las familias tienen el derecho de sentir lo mismo.-

Esperamos que interpretes que el automóvil puede ser un asesino cuando lo impulsa un asesino.-

Esperamos tener que esforzarnos para no estallar de satisfacción cuando nos lleves en el auto.-

Esperamos que de tu conducta se desprenda que no has confundido estridencia con potencia, brusquedad con pericia, debilidad con respeto, grosería con franqueza.-

Esperamos que compartas con nosotros esta alegría y que conducir el automóvil sea tu placer y nuestro orgullo, y que la normalidad de tu regreso sea nuestro hecho cotidiano.-”

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Tu tiempo

Martes, 5 diciembre, 2006

Imagínate que existe un banco que cada mañana deposita en tu cuenta la cantidad de $86400.

Ese extraño banco, al mismo tiempo, no arrastra tu saldo de un día para otro; cada noche borra de tu cuenta el saldo que no has gastado.

¿Qué harías?… Imagino que retirar todos los días la cantidad que no has gastado ¿no?

Pues bien. Cada uno de nosotros tenemos ese banco: su nombre es TIEMPO.

Cada mañana ese banco deposita en tu cuenta personal 86400 segundos.

Cada noche ese banco borra de tu cuenta y da por perdida cualquier cantidad de ese saldo que no hayas invertido en algo provechoso.

El banco no arrastra saldos de un día al otro, no permite sobregiros.

Cada día te abre una nueva cuenta.

Cada noche elimina los saldos del día.

Si no usas tu saldo durante el día, tu eres el que pierde. No puedes dar marcha atrás.

No existen cargos a cuenta del ingreso de mañana: debes vivir el presente con el saldo de hoy.

Por tanto, un buen consejo es que debes invertir tu tiempo de tal manera, que consigas lo mejor en salud, felicidad y éxito.

El reloj sigue su marcha… consigue lo máximo en el día.

Para entender el valor de un año, pregúntale a algún estudiante que repitió un curso …

Para entender el valor de un mes, pregúntale a una madre que alumbró a un bebé prematuro…

Para entender el valor de una semana, pregúntale al editor de un semanario…

Para entender el valor de una hora, pregúntale a los amantes que esperan para encontrarse…

Para entender el valor de un minuto, pregúntale al viajero que perdió el tren…

Para entender el valor de un segundo, pregúntale a una persona que estuvo a punto de sufrir un accidente…

Para entender el valor de una milésima de segundo, pregúntale al deportista que ganó una medalla de plata en las olimpíadas…

Atesora cada momento que vivas; y ese tesoro tendrá mucho más valor si lo compartes con alguien especial, lo suficientemente especial como para dedicarle TU TIEMPO

y recuerda que el tiempo no espera por nadie, el tiempo no nos espera.

UnMensajeParaTi.com.ar


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